|
Imagine por un momento a un lugareño de África
Subsahariana. Es un hombre de unos cuarenta años, negro,
está sentado en el suelo, junto a su choza de adobe. Es un
varón fuerte, robusto, un hombre que se viste por los
pies. Sin embargo, lejos de mantener la compostura
masculina que le correspondería a un orgulloso cabeza de
familia, nuestro africano amigo está llorando como una
niñita, como una mocosuela. Tiene entre sus brazos el
cadáver de su hijito, su pequeño bebé de tan
sólo unos
meses que ha fallecido. El padre llora desconsolado. Tiene
el rostro desencajado por el dolor, brama, maldice, se
lamenta de su suerte. El pequeñín ha fallecido de
polio y
su angustiado padre cree que se le ha muerto por su culpa,
por no tener él los sesenta céntimos de euro (cien
de las
antiguas pesetas) que cuesta una vacuna contra la polio.
Desgraciadamente casos como éste no son una excepción
en África sino la norma. Una norma que mata día a
día. África se encuentra sumida en un sinfín
de guerras étnicas. La situación es extremadamente
grave. Tanto que los expertos hace tiempo que hablan ya de "Guerra
Mundial Africana". En el continente que vio nacer a la humanidad,
cabalgan ahora iracundos los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. La
gente es víctima de guerras, dictaduras, corrupción,
golpes de estado, hambrunas, sequía, analfabetismo, etc.
Mil doscientos millones de personas en el mundo viven (sobreviven)
con un euro al día. ¿Qué ocurriría si
un día se unieran todos y emprendieran una gigantesca y pacífica
marcha verde sobre el Primer Mundo? Esa gente no tiene ni anestesia
en muchos casos; a los niños se les efectúan operaciones
de apendicitis al vivo. ¿Seríamos más sensibles
si esos niños que mueren fuesen blancos en lugar de negros?
Si fueran nuestros hijos los que muriesen de hambre ¿no nos
gustaría que alguien les ayudase? Algunas multinacionales
se aprovechan de esta situación y contratan en régimen
de semiesclavitud a niños del Tercer Mundo para elaborar
sus productos por cuatro céntimos de euro la hora. El 11
de septiembre de 2001 (en que 3.000 inocentes murieron en los atentados
de las Torres Gemelas de Nueva York), murieron también 37.000
niños de hambre. "Terrorismo económico"
según Adolfo Pérez Esquivel, Nobel de la Paz.
|
Y frente a ello, Occidente continúa mirando a otra parte,
como siempre con su doble moral habitual. Nuestros
gobernantes son cómplices manifiestos de este genocidio
cada vez que apoyan o que rinden pleitesía y honores de
estado o que simplemente estrechan la mano a todos
aquellos presidentes y líderes corruptos que se han
enriquecido fraudulentamente a base de asesinar y expoliar
a sus propios pueblos. Si robas un radiocaset eres un
ladrón. Pero cuando saqueas una nación entera, entonces
te
tratan como a un señor. Ya lo denunciaba Miquel Adlert i
Noguerol (ese gran intelectual y patriota valenciano); hay
una moral para lo pequeño y otra para lo grande. Y es que
apoderarse de un piso de 90 m2 es no respetar la ley ni la
propiedad privada, pero cuando un estado se anexiona otro
estado (como Marruecos a Sáhara, China a Tíbet o Estados
Unidos a Irak) o cuando un presidente roba a todo un
pueblo, entonces no pasa nada.
¿Qué podemos hacer nosotros frente a tanta indignidad?
Podemos hacer mucho. Podemos denunciar las injusticias, podemos
gritar bien fuerte en lugar de callarnos, podemos colaborar con
oenegés y sociedades de caridad, podemos apadrinar niños,
podemos ofrecer donativos, podemos ser voluntarios, podemos propagar
este mensaje de solidaridad.
Usted, amigo lector, puede, si quiere, hacer muchísimo.
A aquel que piense que nada de esto sirve porque no ha de acabar
con el hambre en el mundo le contaré que una vez un niño
que estaba en la playa tomaba con sus manos las estrellas de mar
que se hallaban varadas en la arena y las devolvía de nuevo
al agua para que no murieran. Un anciano que pasaba por allí,
viendo que en la playa había demasiadas estrellas como para
poder salvarlas a todas, se acercó al niño y le preguntó:
"¿Por qué haces esto? ¿A quién
le importa esas estrellas de mar si no vas a poder salvarlas a todas?"
El niño le mostró la que tenía en la mano y
que se disponía a arrojar a la mar y le respondió:
"A ésta le importa".
Josue Damia Ferrer i Ortells.
jdferrer@ozu.es
|