| Con el sol de mediodía calentándome el
cogote, bajé la calle trotando, con el ocico alto y el corazón
lleno de esperanza. Ah! l'amour, ese aroma, Reina ya estaba en celo
otra vez. Hacía más de dos años que me llevaba loco
la perrita del bar de la esquina, y contando que acabo de cumplir los tres,
aquello era toda una vida.
Cosa fina esa Reina. Cocker Spaniel de pura raza, negra como un tizón
y con unos ojazos que ni Ava Gardner en Mogambo. Pss! cuidao eh? que soy
chucho ratero y nací en un desguace de coches, pero he visto mucha
tele.
Bueno, pues iba yo calle abajo intentando desembarazarme de la última
pulga que me quedaba, -que el cortejo no es momento de picores y la niña
lo merece- cuando se acabó la calle, llegó la esquina, con
ella el bar y con el bar Ella.
Allí estaba, tumbada a la puerta, para que todos los que pasaban
se pararan a mirarla. Como una reina, como una diosa, como Liz Taylor
en Cleopatra. Y allí me quedé yo, sin saber si acercarme
o pasar de largo como todas las demás veces. La verdad es que la
morenita nunca me hacía demasiado caso, pero ya se sabe que cada
seis meses el olfato se agudiza y las necesidades apremian. Me miraba
de reojo con el cuello bien estirado y la cabeza ladeada, a mí
me parecía que esa forma de mirar no presagiaba avances, pero ¡qué
porras! por lo menos me miraba.
Paseo por aquí, paseo por allá, un par de gemidos quedos
y la morenaza sin dejar de mirarme de reojo. Yo con la nariz escocida
y la sangre caliente, Reina que entre mirada y mirada estaba apunto de
dormirse y el tiempo pasando más despacio que en los dibujos japoneses.
De pronto Reina abre del todo los tizones, se levanta y mira descaradamente
y sin la cabeza ladeada ni el cuello estirado ni nada hacia el otro lado
de la calle. ¿Pero qué le pasa a ésta? ¡Vaya
por Dios, llegó el guapo de la película y yo con estos pelos!
Cruzando la calle apareció una pareja con otro perro igual que
ella. Reina negra, él dorado. Andaba despacio, tranquilo y brillante,
con los ojos igual de negros, con las orejotas igual de largas, con el
flequillo aún más atusado que el de ella. A su lado, parezco
un perrillo nacido en un desguace de coches que ha visto demasiada televisión.
Y para colmo de males, no se les ocurrió otra cosa que sentarse
en la terraza del bar.
El rubio olfatea, descubre a Reina que se atusa la melena y lo mira
¡otra vez de frente!
Comencé a cabrearme.
El guaperas gimió dos veces y se acercó, Reina haciéndose
la despistada volvió a atusarse la melena, y yo viéndolo
todo desde la esquina y con picores en la parte superior de la cabeza.
Estaba cabreado, no había derecho, llevaba dos años y cuatro
celos currándome a la perrita y ni siquiera se había atusado
la melena una vez por mi.
Plan B. Si no puedes luchar con el físico, véncele con
el ingenio. Me puse a hacer cabriolas, di un recital de mis mejores aullidos,
moviendo mis patas con el frenesí de un toro bravo para captar
su atención. Pero ella tenía su atención en la melena
de aquel Brad Pitt canino.
Si aún así no te hace caso... plan C, es el momento del
arrojo y la valentía. Salí corriendo por entre los coches
hasta el parque al otro lado de la calle. Pillé -por fín
un poco de suerte- un corazón de manzana tirado en el suelo y se
lo llevé entre frenazos y pitadas para dejar corto a Robert Redfor.
El aludido se la estaba comiendo con esos ojazos negros que les da Dios
a todos los cocker y a ningún chucho callejero. Ahí ya no
pude aguantar -además no me quedaban más planes- , dos años
de trabajo tirados a la basura por diez minutos de perro bonito, y encima
todo el mundo diciendo ¡qué bonita la parejita!
Ja! ya tenía el plan D. Iba a dar unos cuantos ladridos de advertencia
y luego arrearle un mordisco al "vigilante de la playa" y arrancarle una
orejota de esas que también sólo da Dios a los cockers.
Se fastidió. Demasiados ladridos. Salió el dueño
de mi reina chillándome como un inspector de policía.
- ¡Fuera chucho, lárgate!. Todos los años igual, la
persigue, duerme en la puerta de nuestra casa, no come por no irse, se
pasa los días gimiendo y llenando de basura la puerta del bar,
y acaba flaco y enfermo cada vez que Reina está en celo. Ya no
sabemos que hacer con él. Metamos a los dos perros dentro y así
podrán jugar sin que los moleten.
Así que se acabó lo que se daba, me dieron con la puerta
en las narices. El chucho se quedó fuera y el rubio quedó
con la princesa. Como soy tonto, aún esperé un rato viéndolos
desde el cristal. A los amos, que ya estaban arreglando el tema de la
monta, se les caía la baba. El caso es que hacían buena
pareja, parecían un anuncio de comida de esa que yo no he probado
nunca. Vaya, yo quería un "La Dama y el Vagabundo" y me salió
"El Jorobado de Notre Damme" que muy amigos, muy amigos, pero los cachorrillos
los tiene con el guapo.
Pero bueno, lancé un último vistazo, si que era bonita,
la más bonita, y él también, eso había que
reconocerlo, que los cachorros iban a ser de lujo.
De modo que agaché las orejas, di media vuelta y seguí
mi camino. Ya no iba trotando, ya no tenía el corazón entero...pero
seguía con el ocico atento, Reina era la más bonita, sí,
pero por si acaso.
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