CHARLIE Y LA FÁBRICA DE CHOCOLATE (Charlie
And The Chocolate Factory)
Tim Burton
Nota: * * * *
LO QUE NO TIENE PRECIO
.
Sin duda, de lo mejor que se ha visto este verano, por lo demás,
bastante
flojito, es esta nueva adaptación del clásico de Roald
Dahl, tan interesante
o más que su predecesora, Un Mundo De Fantasía (1972),
escrita
por el propio
autor del cuento, gracias al siempre asombroso ingenio creativo
de Tim Burton,
un director que, pese a su permanente complejo de Peter Pan, está
madurando con la seguridad y la confianza que da la experiencia,
sin perder ni un ápice
de su frescura y de su universo imaginario, su indiscutible y más
que reconocible
marca de fábrica.
Pocas historias se adaptan mejor a su manera de ver la vida que
este entrañable
relato que, a modo de moderna Alicia en el País de las Maravillas,
cuenta
la aventura de un niño pobre que por azar recibe una de las
cinco invitaciones
para visitar la mayor y más fantástica fábrica
de chocolate del mundo, creada
y dirigida por un estrafalario personaje llamado Willie Wonka.
Los otros cuatro niños que le acompañan ejemplifican
lo peor de la infancia
y, por extensión, de la sociedad que les educa con valores
equivocados como
la competitividad, el consumismo, la codicia o la estupidez. Frente
a ellos,
el pequeño Charlie representa la honradez, la generosidad,
el afecto y la
buena educación. Sólo uno de ellos recibirá
un maravilloso premio, no es
difícil adivinar
quien será el afortunado.
Sin embargo, no se vayan a pensar que la historia peca de exceso
de moralina
o de sensiblería.
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La consecuencia final de la historia
se nos presenta de
una manera fluida, nada ejemplarizante, e incluso divertida. Entre
medias,
la suerte de lo cinco niños (y la de los adultos que les
acompañan) corre
pareja a su forma de ser, reciben lo que merecen.
El recurso al absurdo es
abundante, los números musicales que acompañan las
fechorías de los Oompa
Loompas, pequeños humanos que trabajan en la fábrica
a cambio de cacao, son
tan espectaculares como desternillantes (Danny Elfman vuelve a crear
una
banda sonora prodigiosa), los constantes flashbacks
evidencian la traumática
infancia de Willie Wonka y el porqué de su excéntrica
personalidad.
La atmósfera gótica del pueblo donde reside la fábrica
(en especial, la casa donde vive
Charlie con su familia) contrasta con el colorido del interior de
la misma.
Surrealismo y expresionismo se complementan a la perfección.
En definitiva, esta película cobra mayor sentido si se visiona
en familia,
sobre todo si hay pequeños en la casa, pues tanto adultos
como niños se irán
a casa con una sonrisa y con algo en lo que pensar y con lo que
soñar. Así
que, ¡apaguen la maldita tele y vayan al cine!
EN RESUMEN
Para los que todavía tienen capacidad para imaginar otros
mundos, aunque
estén en este.
Lo mejor: la escena de las ardillas, de un sadismo sorprendente
tratándose
de una película supuestamente infantil.
Lo peor: cierto amago de sentimentalismo al final, pero por suerte
las aguas
pronto vuelven a su cauce.
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