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UNA GRAN RESPONSABILIDAD
Salvo rarísimas excepciones (a la cabeza me vienen títulos
como Batman, de Tim Burton, o la reciente Ghost World), el matrimonio
entre cine y cómic no ha sido precisamente fructífero,
dada la especial idiosincrasia del llamado octavo arte, donde
las normas del encuadre y el lenguaje narrativo y visual superan
las evidentes limitaciones técnicas del cine.
Pero con el advenimiento de las nuevas tecnologías informáticas,
que permiten una mayor libertad creativa, estos obstáculos
están siendo superados con relativo éxito. Así,
hemos podido comprobar como películas como Matrix, no directamente
inspiradas en el cómic, si que recogen, en cambio, ese
aspecto visual y narrativo que, hasta ahora, ha sido patrimonio
exclusivo del arte secuencial. Hacía falta, sin embargo,
comprobar de qué manera podría aplicarse esos hallazgos
a la hora de adaptar un clásico, como lo es, sin duda,
Spiderman, auténtico buque insignia de la Marvel, obra
admirada y reconocida incluso por quienes no ven en el cómic
más que un pariente pobre del cine.
El éxito rotundo de X-men, otro de los tesoros de la Marvel,
hacía presagiar lo mejor a este reto, puesto en manos del
artesano del cine Sam Raimi (junto a los Cohen, Demme Soderbergh
y compañía, pionero del nuevo cine independiente
americano), y los resultados así parecen haberlo confirmado.
Spiderman no es un film perfecto, ni siquiera desde el punto de
vista puramente industrial; carece del ritmo adecuado en determinados
momentos, sobre todo, a mitad de metraje, y los efectos especiales,
a menudo resultan demasiado obvios, por no decir pobres. Pero
posee, a mi juicio, un ingrediente fundamental para que destaque
sobre la mayoría de bazofia hollywoodiense que estamos
habituados a tragarnos, y este ingrediente no es sino el respeto
al espectador, ya sea fan del personaje de Stan Lee, ya sea, en
cambio, mero profano en busca de un rato de distracción
lo suficientemente inteligente como para no sentirse estafado.
A este éxito contribuye, en primer lugar, el reparto, absolutamente
acertado, desde el protagonista, un apocado Tobey Maguire, en
la piel de Peter Parker, hasta el malvado Duende Verde, interpretado
con gran acierto por el siempre versátil Willem Dafoe,
sin olvidar a la dúctil Kirsten Dunst (una de mis debilidades
desde que la descubrí en Entrevista con el Vampiro) y a
un increíble J. K. Simmons en la piel del gruñón
J. Jonah Jameson, director del periódico donde acude el
protagonista a vender sus fotos. El resto del reparto se limita
a cumplir (habrá que estar pendientes a las previsibles
secuelas para observar su evolución, en especial, en el
personaje interpretado por James Franco) por encima de la media.
Otro acierto, con matices, es el guión, respetuoso con
el original, centrado en la etapa adolescente y de descubrimiento
del superhéroe, todavía no consciente de la enorme
responsabilidad que implica su poder. El matiz habría que
ponerlo en el evidente bajón que sufre el film en su parte
central, pero que es convenientemente reparado en la parte final,
y en la ausencia de una mayor oscuridad, quizás impulsada
por el tono popero y colorista habitual en los productos Marvel,
más próximos a los parámetros delirantes
de la serie B que de la atmósfera de pesadilla de los Frank
Miller o Alan Moore, herederos de una suerte de expresionismo
aplicado a la literatura, que tanto éxito ha obtenido,
sobre todo, a partir de mediados de los ochenta.
Otra contribución decisiva la pongo en manos de la composición
musical, obra del prolífico Danny Elfman, habitual ya en
este género (suyas son las bandas sonoras de Batman y Hombres
de Negro, por poner dos ejemplos), quien vuelve a demostrar su
portentoso sentido lírico en secuencias puntuales (la persecución
del atracador por las calles de Nueva York, la confección
del futuro traje del hombre araña, etc.), en las que Elfman
muestra su mejor cara. Sin olvidar el fenomenal trabajo de cámara,
que alcanza cotas insuperables en esos movimientos de 180†, que
sumen al espectador en plena acción, o en esas vistas panorámicas
de la ciudad de los rascacielos (con plano breve incluido de las
Torres Gemelas) culminados en la patriótica ascensión
al Empire State.
Muy probablemente no tardaremos en disfrutar de nuevo de las aventuras
del hombre araña. Para entonces, seguramente, se habrán
subsanado las lagunas técnicas que merman la capacidad
de asombro de esta primera entrega. Habrá que ver si esa
superación se ve acompañada de una mayor concreción
de los personajes y una apuesta más firme por un tono adulto
y por una mayor ambigüedad. Esperemos que así sea.
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