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SIGNOS DE AGOTAMIENTO
Contrariamente a lo que cabía esperar, sobre todo, después
de analizar la opinión generalizada de la crítica,
este episodio de la saga galáctica es, a mi juicio, el
más pobre de los cinco, hasta ahora, estrenados. Pese a
los comentarios que la sitúan muy por encima de la anterior
entrega, al menos, aquel contenía un clímax final
que la situaba prácticamente a la altura de sus predecesoras.
En esta ocasión, en cambio, los minutos finales se reducen
a una demostración de poderío digital y tecnológico
por parte de Lucas y su industria, sin alma ni emoción
alguna, sólo matizada por la sorprendente irrupción
de un Yoda en plena forma, en el que constituye, sin duda, el
momento más memorable del film.
El arranque es prometedor, con una persecución a lo Blade
Runner por los rascacielos de Coruscant, pero pronto deriva hacia
una sucesión de despropósitos, comenzando por la
poco creíble historia de amor entre el joven aprendiz Anakin
Skywalker (simplemente correcto Hayden Christensen) y la senadora,
antes princesa, Amidala, forzados a escoger entre dar rienda sueltas
a sus picores juveniles o mostrarse cautos y firmes en sus respectivos
cometidos profesionales, todo ello con el trasfondo de una especie
de conspiración pseudo-militarista que no hace sino añadir
confusión a una trama, por otra parte, bastante simple
en su planteamiento.
Se intuye, así, la forja del futuro Imperio, los malos
se dejan ver cada vez más, pero el verdadero conflicto,
el que afecta a la personalidad del protagonista, futuro Señor
del Mal, carece de una verdadera progresión dramática
y sólo se dejan adivinar tics, reacciones furibundas (la
escena, convenientemente censurada, de la venganza en Tatooine),
actitudes chulescas, todo muy superficial, mecánico, unidimensional...
Mención aparte merece los diálogos. Estos nunca
ha sido el fuerte de la saga, pero, en esta ocasión, sobrepasan,
por momentos, el límite de lo vergonzante (en especial,
en esas escenas bucólicas en Naboo, con homenaje incluido
a Sonrisas y Lágrimas, paradigma del Disney más
rancio y abominable) y lo ridículo. Lucas nos prometió
más sexo, pero este se reduce a un continuo desfile de
modelitos, a cuál más provocativo, por parte de
la bellísima Natalie Portman. Tampoco creo que este tipo
de películas dé para más, pero, aún
así, resulta frustrante.
Lo más reseñable son, como ya he dicho, las esporádicas
apariciones del Maestro Yoda (muy mal han de estar las cosas,
cuando lo mejor de una película de actores de carne y hueso
es, precisamente, un personaje virtual) y las continuas meteduras
de pata de C3PO y R2D2, trasuntos de Abbott y Costello en versión
hojalata, así como alguna que otra secuencia aislada que
ayudan ha sobrellevar las dos horas y media largas de metraje:
los duelos Obi-Wan vs. Jango Fett, la esperada reaparición
de los acordes imperiales "made in Williams", los guiños
constantes a los fans de la primera trilogía (los hermanastros
de Anakin, los planos de la futura Estrella de la Muerte, la presencia
de un jovencísimo Boba Fett, así como del futuro
padre adoptivo de la princesa Leia, etc.) y poco más que
señalar en esta entretenida, apabullante, pero, por desgracia,
olvidable segunda entrega de la saga más popular de la
historia del cine, con permiso de El Padrino. Lucas está
aún a tiempo de enmendar errores. Esperemos que en la siguiente,
y postrera, acierte y nos devuelva la magia a quienes un día,
siendo niños, soñamos con pilotar el Halcón
Milenario junto a Solo, Chewaka y compañía. Que
la fuerza les acompañe.
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