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LA CODICIA
Hace unas semanas, a propósito de Harry Potter, ya comenté
que no es mi estilo entrar a valorar las implicaciones comerciales,
sociológicas y, en general, extracinematográficas
de cualquier estreno, por mucho bombo y platillo con el que haya
venido acompañado. Por ello, a la hora de criticar La Comunidad
de Anillo, no voy a entrar en disquisiciones sobre si el guión
ha sido fiel a la letra o el espíritu de la obra que adapta,
o sobre si cumple o no las expectativas creadas a lo largo de
dos años de una campaña de promoción brutal
(que, incluso, podría haber jugado en su contra), o sobre
qué acogida ha tenido por parte de los cientos de sociedades
Tolkien, esparcidas por todos los rincones del planeta. No me
interesa en absoluto ese tema. Voy a tratar de juzgar el film
por sí mismo, por sus aciertos y sus fallos, por lo que
transmite como película.
En este sentido, he de decir que, como espectáculo visual
(más adelante me centraré en el contenido), La Comunidad
del Anillo es uno de los estrenos más contundentes, sobrecogedores
y triunfales de los últimos años. Hacía tiempo
que un servidor no era sacudido por un vendaval de imágenes
semejante al que despliega Peter Jackson en cada encuadre. Resulta
harto difícil abarcar cada detalle del film: sus majestuosos
paisajes, la portentosa recreación de la Tierra Media,
el sugestivo dibujo de los personajes, la coherencia en todos
y cada uno de los elementos que conforman una trama tan compleja.
Podría decirse que Jackson hace de la necesidad virtud.
Así, de la necesidad de dividir el relato en tres películas,
de forma que pudiese abarcar mejor la obra de Tolkien, se difiere
el gran acierto del director, al permitirle subrayar mejor la
progresión dramática y la particular evolución
de los protagonistas, para nada meros personajes de cartón-piedra,
así como sus motivaciones a la hora de embarcarse en tan
peligrosa aventura. Jackson resalta, además, los contradictorios
sentimientos hacia el objeto de la misión, ese anillo que
parece simbolizar el poder y la codicia, frente a la solidaridad,
el compañerismo y el respeto hacia la naturaleza (el mensaje
ecologista ya era evidente en el original de Tolkien) del que,
en general, hacen gala los miembros de la compañía.
Sin embargo, ese afán de poder no parece hacer distinciones
y todos, de alguna manera, se sienten, en un momento dado atraídos
por él. Por esto, resulta revelador que sobre el, en apariencia,
más débil y menos preparado del grupo, recaiga la
parte más complicada de la misión, la de portar
el codiciado anillo hasta su lugar de destrucción. El poder
corrompe y quién mejor que quien no posee ninguna ventaja
para combatirlo.
Por ponerle algún pero a la película, quizás,
la reiteración en cierto tipo de situaciones de peligro,
siempre salvadas "in extremis", o un, a veces, excesivo
virtuosismo por parte del director, sean los fallos más
destacables, pero, a mi juicio no restan ni un ápice de
calidad al enorme esfuerzo productivo del film, y éstos
quedan más que suficientemente eclipsados por el trabajo
de director y actores, destacando, entre los últimos, la
exquisita sobriedad de Ian Mackellen encarnando al mago Gandalf
, así como la sorprendente interpretación de Sean
Bean en el papel de Boromir, el personaje más humano y
reconocible de cuantos integran la compañía, y cuya
muerte constituye, junto al episodio de las Minas de Moria, el
momento más bello y emotivo de un film que permanecerá
en la retina de millones de espectadores, generación tras
generación, y cuyo final (lógicamente abierto, pese
a que algún espectador no iniciado se sintiera cortado)
nos deja con unas terribles ganas de ver las próximas entregas,
cuanto antes.
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