| TODO SOBRE
LOS OSCAR
Lucy Liu, la antipática Ling de Ally McBeal, acreditó
su mala baba, dando calabazas al impresentable reportero de Canal
+, un tal Guillermo Mulder, que parecía salido de un matinal
de alguna televisión hispana de la anticastrista Miami,
y que insistía, una y otra vez, en rebautizar a la hermosa
The Cider House Rules, con el intraducible título de
"The Cider House of Rules", mientras los feroces e hipócritas
antiabortistas se desgañitaban contra la obra maestra de
Lasse Hallström. Fue el inicio de la ceremonia de los despropósitos
de la, hasta ahora, modélica televisión de pago
española (aunque las estrellas "guiris", lógicamente,
la confundieran con la versión original gala, arrimándose
al micrófono del poco intrépido Mulder, mientras
chapurreaban un dudoso francés, de pura conveniencia),
que quedó definitivamente en evidencia al pasar olímpicamente
de su portavoz a pie de alfombra, para mostrarnos el buen oficio,
salpicado de preguntas de lo más frívolo, de los
comentaristas yanquis.
Así, entre tiempos muertos y comentarios socorridos de Jaume
Figueras y su compañera (no recuerdo su nombre), que me hizo hasta
añorar a la mismísima García Siñeriz, de nuevo, en estado de buena
esperanza, el único suspense de la noche, tras el formidable órdago
del Wall Street Journal a la Academia, parecía consistir en ver
si aparecería por allí la embarazadísima Annette Bening, y, siendo
así, si rompería, o no, aguas en mitad de la feria de las vanidades
por excelencia. Al final, el susodicho periódico sólo falló en
una de las predicciones, deshaciendo los académicos el empate
técnico entre Denzel Washington y Kevin Spacey, a favor de este
último.
Por lo demás, todo transcurrió como se esperaba,
salvo en el caso, lamentable, del olvido de la Academia hacia
el hermoso trabajo de Win Wenders en Buena Vista Social Club,
por cuestiones, sin duda, de naturaleza política. ¿Y
si, al recibir el premio, a alguien se le hubiese ocurrido nombrar
el jodido bloqueo o al jodidito Eliancito?. Como iba diciendo,
casi todo transcurrió según el guión preestablecido.
Todo Hollywood premió la valentía de un gran estudio,
la Dreamworks, que apostó decididamente por una película,
American Beauty, que supone un auténtico golpe bajo,
no sólo al sueño americano, como se ha dicho, sino
al conjunto de la llamada sociedad del bienestar; y por un joven
director británico, Sam Mendes, un recién llegado
a esto del cine, que ha sabido volcar toda su sabiduría
teatral, sacando el máximo partido a un guión soberbio
y a unos intérpretes de lujo. Personalmente, yo hubiese
premiado la sensible, hermosa e impecable interpretación
de Richard Farnsworth en la olvidada The Straight Story,
de David Lynch, aunque reconozco que Kevin Spacey, el mejor y
más aclamado actor de los últimos años, lo
borda en American Beauty. El Propio Spacey reconoció,
en su agradecimiento, la gran influencia de Jack Lemmon sobre
él, lo cual se percibe al comprobar la gama de matices
que es capaz de desplegar en cada una de sus apariciones en pantalla,
mostrándose siempre ambiguo, simpático y cínico,
a partes iguales, el suyo es un trabajo memorable, al igual que
el de Annette Bening, quien, sin embargo, no ha visto su esfuerzo
recompensado, como, quizás, debería. Y digo quizás,
porque no estoy en disposición de valorar la interpretación
de Hillary Swank en Boys Don´t Cry, ya que todavía
no he visto la película, pero, desde luego, si su aportación
es la mitad de acertada y auténtica que su saber decir
y estar en su agradecimiento por el Oscar, entonces se lo merece
de calle, pues suya es, sin duda, una de las frases de la noche:
"Sueño con el día en que, no sólo aceptemos
nuestras diferencias, sino en que celebremos nuestra diversidad",
gran lección de tolerancia por su parte. Hillary recordó,
además, los dos millones de dólares que costó
hacer la película, lo que, seguramente, dejaría
estupefacto a más de un ejecutivo.
El otro gran discurso de la noche lo dio el gran Michael Caine,
quien, lejos de sentirse ganador, recordó a todos el sentido de
la frase "y el Oscar es para...", haciendo, de paso, un sincero
elogio de sus compañeros competidores, incluido al chavalín de
El Sexto Sentido, para muchos, el vencedor moral de la categoría.
Estuvo ingenioso al "advertir" a Tom Cruise, el otro gran favorito,
sobre el descenso de caché que le supondría un Oscar al mejor
actor de reparto. Seguro que al bueno de Tom, pese a quien pese,
el mejor actor de su generación, no le habría importado. Pero
si Michael Caine es, como él mismo dijo, un "superviviente", estoy
seguro que Cruise también lo será algún día.
Quien no se cortó un pelo fue el gran escritor y guionista
John Irvirg, quien aprovechó su Oscar para hacer una encendida
y justa defensa del derecho al aborto, puede que hiriendo, con
ello, alguna sensibilidad retrógrada. No fue éste
el único comentario o el único momento "políticamente
incorrecto" de la ceremonia. En su haber, la última e interminable
Gala de los Oscar, magníficamente producida, por cierto,
posee algunas joyas perdurables en nuestra memoria, destacando,
sobre todas ellas, el impresionante numerito musical que se marcó
Robin Williams en su personal versión de Blame Canada,
canción seleccionada entre las mejores y que forma parte
de la banda sonora de la gloriosamente infame South Park,
cuya carga de profundidad, por obra y gracia de sus creadores,
travestidos para la ceremonia, deja a American Beauty a
la altura del betún. Por lo visto, aquí, en España,
se distribuirá directamente en vídeo (¡olé,
tu gracia, somos más papistas que el Papa!). El público
aplaudió a rabiar la interpretación, y, aunque al
final la vencedora fue la convencional canción de Phil
Collins, quedó suficientemente claro que, si no ganó
Blame Canada, fue por pura y simple diplomacia.
Otro momento glorioso fue la "letanía" de Almodóvar
al recibir su Oscar. Poco antes, una histérica Penélope
Cruz destrozó los asombrados tímpanos del público
presente con un grito digno de un patio de vecinas (los españoles,
como siempre, dando la nota). A Almodóvar se lo tuvieron
que llevar a rastras Banderas y Penélope, pues amenazaba
con acabar con todo el santoral y con la compostura del personal,
que no entendía ni jota de lo que decía nuestro
manchego universal. Billy Crystal, sembrado como siempre, lo resumió
diciendo que Almodóvar había convertido a Roberto
Benigni en un profesor de Inglés.
Billy fue, de nuevo, el gran conductor de la noche. Su aparición
en brazos de un policía, tras un prodigioso montaje visual
en el que se codeaba con algunas de las grandes estrellas del
cine clásico, y también del actual (memorable la
referencia al onanismo del protagonista de American Beauty,
repetida posteriormente durante el discurso de agradecimiento
de Kevin Spacey), fue sencillamente genial. Por suerte, el humor
apenas decayó a lo largo de la velada. Cuando Billy puso
voz a los pensamientos de varios de los presentes, entre ellos,
Jack Nicholson, que seguía siendo "el tío más
cool (guay) de la sala", el público se le rindió,
otra vez, a sus pies.
Pero volvamos a los premiados. Poca sorpresa deparó la categoría
de mejor actriz de reparto. La estupenda, en todos los sentidos,
Angelina Jolie no dio opción a sus competidoras. Cierto es, como
bien observó Almodóvar, que esta chica tiene algo de chepa, pero
ello le confiere, si cabe, un aspecto más sensual, más salvaje,
como de pantera agazapada frente a su futura presa, ¡y quién no
se dejaría devorar por esos tremendos labios!. La Jolie se acordó
de toda su familia (en el buen sentido) y derramó alguna que otra
lagrimita, aunque estuvo muy lejos de la plusmarca mundial conseguida
por Gwyneth Paltrow el año pasado. Quien parecía, como siempre,
inconmovible desde su asiento fue Keanu Reeves, quien asistió
casi impasible a la particular victoria de The Matrix sobre la
"amenaza" de George Lucas.
¿Y los perdedores?. La terna El Sexto Sentido,
El Dilema y La Milla Verde se fue de vacío.
A la primera, sin embargo, le queda el consuelo del favor del
público. En cuanto a las otras dos, su larga duración,
probablemente, jugó en su contra. Aunque, dicho sea de
paso, tampoco se ha valorado el fenomenal trabajo de contención
y concisión de, por ejemplo, Woody Allen. Mientras siga
pasando de premios y halagos, a Woody no le van a dar ni agua,
y bien que se merece un reconocimiento. A ver, que alguien me
diga quién, en todo el puto Hollywood, es capaz de escribir
y dirigir una obra maestra todos los años. NO COMMENT.
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